- Nota preliminar
- Castración: modelado de la superficie psíquica
- Primera Ley: deriva continental
- ElElla y Yo
- Lenguaje: materialidad del par castración–cauterización
- Fallas en el estadio del espejo
Nota preliminar:
Este texto en registro topológico imagina la psique como una superficie en la que circulan caudales pulsionares en una cuenca hidrográfica. En esta imagen transferiremos principalmente ideas lacanianas sobre su física, su anatomía (formación del relieve) y su fisiología (mecánica de fluidos). Advertimos que el presente ensayo no está interesado en el melodrama edípico como fundamento de la formación del espacio psíquico humano, entendiéndo dicha narrativa como dispositivo político de control patriarcal, interesado y obsoleto. En cambio, cuando surjan acontecimientos en los territorios psíquicos que desencadenen tensiones de poder los señalaremos en su singularidad y contingencia. En los capítulos en que revisaremos las fallas geológicas en la formación del sujeto como territorio psíquico veremos la psicosis, el narcisismo y la perversión como espacio, pero agregamos también como falla geológica el espacio de la neurosis (acá falla no es error, es acontecimiento). Cuando el psico-territorio tiende a la fluidez de su hidrografía, irrigando en forma fértil las cuencas y valles, es decir a ecosistema vivificante lo llamamos espacio de emancipación. Cada uno de los tipos de psico-territorio (al igual que la geografía terrestre) son lugares de acontecimiento dinámico.
Los tipos de configuraciones no son aquí considerados estructuras clínicas, sino organizaciones geológicas y en la subjetividad lacaniana están signadas por una intervención originaria (un diluvio universal que este llama introducción de la Ley). Nuestra lectura no se interesa -subrayamos. en las prácticas médicas de salud mental, pensamos el espacio de nuestra mente tal como pensamos la superficie del mundo. Por último del goce lacaniano solo nos interesaremos en la gestión del ‘alivio’ cuando los flujos son interrumpidos.
- Castración, Modelado de la superficie psíquica
En el mito lacaniano la castración aparece como un bautizo / expulsión del paraíso civilizatorio que trama y zonifica la extensión por la acción dolorosa de esculpir una superficie viva por extracción de materia. Si el territorio psíquico está regado por la pulsión (molécula acuática de la vida) , la castración, introducida como prohibición o frustración del cauce, entra a este territorio como una hendidura, como un cincelamiento del terreno. En este acto agrícola, el territorio vivo vulnerable sufre el modelamiento total de la superficie topológica- El modelamiento agrícola organiza desde fuera la dirección que ha de seguir la pulsión, y coordina una relación de engranajes de la máquina deseo <-> falta/frustración domesticando la actividad psíquica al servicio de la agenda humana.
No tenemos claro si hay profundidad y estratos en el territorio psíquico; por el momento, lo imaginamos como un manto sin espesor y con plasticidad para ser modelado como concavidades y convexidades (surcos, fallas, meandros, etc).
La castración es un cincelamiento de la superficie, en la que se incorpora a este territorio un nuevo acontecimiento geográfico que puede marcar un límite, por ejemplo, un corral, por el cual avanza una pulsión, sin desbordar los márgenes (usando la metáfora del filósofo-arqueólogo Alfredo Prieto). Ese corral que cuando es natural es un corredor biológico, en la agricultura psíquica es una Voz con mayúscula. Voz que no es eco de la relación vivificante entre deseos, sino Voz de contención, restricción, dirección y/o sentido que proviene del orden político humano.
- Primera Ley, deriva continental
La castración siempre tiene que ver con la introducción de la ley humana en el territorio psíquico, y esta ley restringe la búsqueda primigenia y excesiva de perpetuar la totalidad y completitud de la vida desde la manifestación intrauterina hasta los primeros seis meses de vida humana, en los que el bebé no distingue diferencia alguna entre sí mismo y la madre (incubadora y cuidadora primaria). La relación inicial es simbiótica y el ente psíquico aún es indiviso, con su psico-territorio como una superficie llana que se extiende al infinito en todas las direcciones. La aparente memoria atávica de la superficie llana sin límites permanecerá como paraíso perdido el resto de la vida. La pérdida del paraíso por la primera ley será el Misterio de la Caída (la primera castración como expulsión del paraíso).
La incorporación de la primera ley, que toma un tiempo de aproximadamente un año, entre los seis y los dieciocho meses de vida, es la introducción de los surcos separatorios. El nombre del padre (la ‘Voz’ que surca) separa, por sucesivas interpelaciones, a la madre del niño. La madre (la cuidadora primaria [pronto serán incubadoras robotizadas con inteligencia artificial]) se distancia y comienza a ser percibida como ‘un otro’ continente con su propio ecosistema, en los cuales el ex-bebé solo ocupa un lugar parcial y contingente. La madre es un otro territorio separado al ex-bebé por un vacío. El primer darse cuenta es de un profundo sufrimiento y melancolía: hay reciprocidad, lo que Heiddeger (incorporado por Lacán) llama el estar a la mano, pero ya no hay simbiosis.
En un ciclo de un año, se lleva a cabo un proceso de modelamiento de la superficie psíquica que deja un enorme evento geológico, que podríamos imaginar como la fractura tectónica de un continente, y el choque de sus placas restantes, que colisionan, se elevan y forman cordilleras y valles. Lacan llamó a este evento ‘el-nombre-del-padre’, y avanzando sobre el mito lacaniano, tiene como resultado óptimo la formación de un sujeto emancipado (pero esto mucho más adelante y solo como posibilidad).
En la fractura de la Pangea psíquica, parte de las placas son expulsadas fuera del sistema, por lo cual no solo hay nuevas formaciones geológicas fruto de las colisiones entre placas, sino también una importante pérdida de territorio. Se pierde el territorio de la madre primordial, al convertirse en otro, y se pierde la unidad simbiótica con el mundo, al dejar de ser una incubadora y convertirse en exterior. La porción que queda como nueva superficie rugosa ‘sentirá’ para siempre la gran placa perdida como ‘dolor de miembro fantasma’.
- ElElla y Yo
La primera Ley divide y fragmenta, produciendo la separación del ex-bebé de la madre. Sin embargo, la entidad resultante está fragmentada en placas que colisionan. Estas placas han de ser reunidas, desaceleradas y estabilizadas en la psique del pre-sujeto / ex-bebé con la ayuda de ElElla / padre-madre / Voz y reciprocidad, quienes diagraman la re-unión de la superficie psíquica por sutura de la herida. La colisión entre la placa India y la placa Euroasiática creó el Himalaya. La “cicatriz” de esa herida cerrada es la Sutura del Indo-Isfahan (o la sutura del Tsangpo), que es la línea donde quedaron “cauterizadas” las dos placas al soldarse.
Durante todo el proceso, la Voz cincel, señala reiterativamente la otredad de la madre, con el fin de realizar el corte de placas. ElElla sutura la herida-castración pretendiendo cohesionar el nuevo sistema psíquico, una especie de mapa político donde los fragmentos son cohesionados como una única nación. El ex-bebé es estabilizado como nación y, luego de la aparición del otro, vuelve su mirada sobre sí mismo también como un otro: Es la primera aparición del yo, nación-yo.
De aquí en adelante, si la deriva continental psíquica ha sido estabilizada correctamente, el ente creará un suplemento sintético del sí-mismo monista radical destruido que será llamado yo, pero perderá la centralidad primordial. La centralidad será estrictamente instrumental y el yo solo se manifestará cuando se esté frente a un otro (real o imaginario). Cuando no hay otro, el yo desaparece, y el ente será lo que Lacan llama “ese que sabe, pero que no sabe que sabe”, una especie de fantasma informe co-localizado con el viviente biológico.
Si acaso el delicado procedimiento de castración y sutura (separación, reunión y estabilización de los fragmentos) se ha realizado de forma óptima, esta será la primera vez que se activa el mecanismo de relojería de la máquina social engranada por la tensión deseo <-> frustración/falta, que irá modelando el nuevo continente psíquico de ahí en adelante, a veces como vientos y erosiones, a veces como sismos y erupciones, a veces como estría agrícola. La primera Ley -repitiéndose, siempre distinta, pero siempre igual- será la única Ley en la mayoría de los casos que modelará el topos psíquico recurrentemente en diversas intensidades durante el resto de la vida activado por un otro y de vez en cuando por lo real.
4. El lenguaje, materialidad del par castración – sutura
La primera función del ‘nombre del padre’ es la separación del ex-bebé de la madre y el medio para reensamblarlo como una nueva entidad. Esta división, que separa en placas el continente unitario y llano de la psique, inevitablemente fragmenta el manto (la superficie) en un archipiélago rugoso que debe ser reunido y estabilizado rápidamente por la contención de ElElla.
El lenguaje se manifiesta como estrategia de organización, es decir, un andamiaje virtual donde se inscribe y registra la actividad de las placas tectónicas y que funciona como modulador para estabilizar el resto psíquico, que será la materia prima de la nación yo.
El lenguaje tatúa una herida de cincelación en la psique, los surcos de ese tatuaje diagramado es por donde circula la pulsión. El lenguaje es la Ley sobre la pulsión modulando intensidades, pausas, sentidos y desviaciones en la superficie del nuevo sujeto en formación por medio de metonimias. El diagrama es el significante, el andamiaje operacional de la agenda humana en la psique individual. Imaginemos como el agua hiere la zona que atraviesa, a la vez que, la modela como lecho y estabiliza como río.
La oceánica magnitud del lenguaje se comporta como un magma donde se presentan, en un plano de inmanencia, todas las ecuaciones de sentido que permiten circular la pulsión. El ‘significante’ juega en la frágil cuerda floja del esencialismo, porque, en su planteamiento, este precede al conjunto de los sujetos. En última instancia, esto significa que el lenguaje es portador del horizonte de sucesos de sí mismo. Es decir, no se trata de que preceda existencialmente a los humanos, sino de que todo lo que se dice es un decir desde el decir y hacia el decir (pura contingencia diagramada). Por tanto, el lenguaje es un sistema artificial material que, a la larga, será reemplazado por otro tipo de sistema más eficiente. ¿Sistemas cibernéticos avanzados del orden de la alucinación algorítmica?
5. Fallas en el estadio del espejo (era geológica del nombre-del-padre)
5.1. Espacio Psicótico, esquizoterritorio
El aparentemente infinito campo del lenguaje hace que, en la introducción de la Ley y la división del manto, no se pueda saber si la castración ha sido realizada correctamente. Tampoco se puede determinar con claridad si el proceso de suturación de las placas y las nuevas geografías modeladas por la división y colisión de placas han sido estabilizadas por la contención de ElElla, que cobija esta nueva entidad en formación. Esto solo se puede ver a lo largo del tiempo, por medio de síntomas.
Existen dos posibles catástrofes. La primera es que la Ley no logre, por exceso de fuerza o por incoherencia del surco, hacer entrar correctamente el lenguaje como registro, dejando las placas desvinculadas del decir, sin tracción del lenguaje en la pulsión, arrojando al vacío el caudal (discontinuidades en la cadena metonímica).
La segunda falla es la imposibilidad de producir la sutura, lo que impediría que el archipiélago resultante de la fragmentación causada por la castración logre reunirse y manifestarse como una unidad de sentido (las islas quedan demasiado lejos unas de otras para que el eco de la propia Voz resuene como conjunto). Este resonar es, precisamente, lo que busca formar un sujeto del lenguaje y empaquetarlo como nación ‘yo’.
Si la primera falla ocurre, la segunda se desencadenará inevitablemente.
Como consecuencia de la primera falla geológica, el cuerpo psíquico no solo queda fragmentado como un archipiélago en cambio continuo. Naufragará en el océano de un significante lleno de vacíos, mutando caóticamente su forma al precipitarse. Naturalmente, al no haber anclaje entre el territorio y el registro, la Ley no opera, pues la Ley requiere ser enrielada en la dinámica de una vía metonímica sin discontinuidades.
El no-sujetado de lenguaje no es capaz de estabilizar una imagen de sí mismo ni del otro, mientras ya ha sido separado del continente primordial.
Ahora todo es variación permanente y fragmentación. Y cuando desde el exterior aparece la Ley —que una y otra vez es castración y sufrimiento—, este humano se arroja fuera del océano significante y ‘forcluye’ saliendo del tablero hacia lo real. La forclusión reemplaza el campo simbólico por el exterior crudo sin mediación y expulsa al cuerpo psíquico fragmentado hacia el caos.
En la psicosis el esquizoterritorio fragmentado no es un archipiélago de bordes definidos, y ni siquiera es un conjunto de fragmentos que van modificando su borde. La gran falla de la psicosis es que la primera castración destruye la noción misma de superficie y lo que hay como fragmentación es pura fractura sin más. Lo que podía describirse como una entidad (territorio) se vuelve puro evento, pura colisión. Toda la energía de la realidad psíquica se desplaza de la superficie llana a la herida destructora de la castración primera perpetuamente sucediendo, como plantea Lacan: “el significante primordial (Nombre-del-Padre) es rechazado del registro simbólico y retorna en lo real (‘una y otra vez’, agregamos).”
Deleuze y Guattari sugieren que hay una operación política de desorganización de la estructuración fija en “un cuerpo” virtual. Una especie de psicosis voluntaria, en la cual el sujeto fuga fuera de aquello que lo ‘sujeta’ como estructura represiva. La organización, la función y el significado son reemplazados por flujo intensivo. A esto le llamaron CsO.
Aquí se sugiere que la castración que introduce el lenguaje como Ley es un aparato represivo totalitario. Y el sujeto es un viviente sumiso a la gobernanza general en su ser esencial (volveremos sobre esto cuando hablemos del neurótico como falla geológica legalizada). En la desorganización voluntaria el lenguaje pasa de estructura represiva a materialidad del CsO. La poesía, el balbuceo, la glossolalia, la esquizofonía, el ruido son fugas fuera del lenguaje en su función codificadora de inscripción y registro.
5.2. Espacio Narcisista, melancolía geológica
La primera castración (nombre-del-padre) puede sufrir dos sabotajes. Uno es la baja intensidad de la potencia castrante, que puede ser producida por la débil “Voz” del castrador. En esta falla, la desautorización de la “Voz” por parte de la madre (que pretende ser simbiótica para siempre [Münchhausen]) y las señales contradictorias del par ElElla en la suturación que forma al sujeto alteran la división de la Pangea primigenia, produciendo sí la separación de las placas, pero impidiendo que el nuevo sujeto comprenda que la superficie llana infinita ya no existe.
El fantasma del continente perdido está omnipresente, y el narcisista va construyendo sus propios surcos contra corriente —siempre dolorosos— con el fin de recorrer una vía hacia el paraíso perdido. Todas las estrías son interpretadas como caminos hacia la Ciudad de los Césares, la Atlántida o Hiperbórea: el continente de sí que ha sido robado (melancolía geológica).
El sujeto narcisista queda atrapado en la sensación de secuestro de su propia geografía psíquica. En la falta narcisista, esta no motoriza el viaje del deseo hacia el devenir, sino que lo conduce hacia el territorio que debe ser recuperado, haciendo un viaje de retrogradación y poniendo su pulsión en la dirección y sentido de la restauración del mito de la vida intrauterina. El rol de la madre como primera cuidadora y como incubadora es demandado al otro, buscando manipular la psique ajena para que se convierta en una actualización de este territorio perdido. La manipulación va dirigida hacia el deseo del otro, ya que la fantasía que se desprende de la castración débil es que la madre originaria deposita todo su deseo en el bebé, y el requerimiento del sujeto narcisista es lograr la completa sumisión del otro hacia sí como único objeto de deseo.
El núcleo de Fitzcarraldo (1982) de W. Herzog es el esfuerzo irracional por transportar un barco a vapor real de 340 toneladas por una colina. Tanto la ficción como la filmación se funden en un delirio narcisista que empuja comunidades indígenas y trabajadores en una ‘hazaña’ que desnaturaliza la relación del barco con el río y pretende desviar el curso natural en dirección a una colina tras la cual está la promesa de un lugar lleno de riquezas (paraíso perdido).
El otro no alcanza a ser leído como otro, ya que toda la energía psiquica va dirigida estrictamente hacia la restauración del vínculo (la fantasía del vínculo primordial), y la otredad es solo una infraestructura de reemplazo. La empatía que surge del reconocimiento del otro como territorio deseante no se realiza, debido a la ansiedad de retorno a la madre-pangea plantada en la Ley como Zero-Day, hackeando y poniendo una puerta trasera en la nueva unidad del yo, por donde se cuela la demanda ansiosa del ex-bebé.
El siguiente sabotaje se produce antes del proceso de castración. La madre cuidadora, durante la lactancia, da señales contradictorias al bebé y al ex-bebé, impidiéndole saber si hay simbiosis o parasitismo. A veces la madre muestra amor y, a veces, indiferencia o directamente rechazo. La búsqueda del vínculo satisfactorio expresado como flujo copa toda la escena psíquica como deseo-frustración-confusión en la relación primordial. El paraíso perdido contiene en la experiencia primordial fracturas en la superficie y, durante la castración del nombre-del-padre, cuando aparece el lenguaje como experiencia intelectual, el sujeto interpreta la falta producida en la castración como el evento donde sucedió el asalto y robo de la Pangea, aunque en realidad la fatalidad venía desde el origen. Aquí, el sujeto narcisista realiza el mismo viaje de retrogradación, pero el paraíso perdido es aún más ficcional, ya que la superficie llana infinita solo se experimentó como un parpadeo. La demanda del otro como madre primordial tiene aún menos coherencia en la sumisión del deseo del otro, porque aquí ni siquiera hay una sensación originaria a la cual anclarse para producir alivio.
Lo que Lacan llama goce, aquí lo llamaremos alivio (siempre provisorio), ya que es la consecuencia buscada (como quietud intrauterina) de la ansiedad sufriente. La sumisión del deseo del otro es progresiva, y también lo es el alivio, pero cuando la sumisión es absoluta, produce la formación de un mapa nuevo. El sujeto narcisista es melancólico y lo que busca es la restauración de un mapa imposible (es perseguida activamente en un circuito de compulsivo de repetición).
El comienzo y el final del vínculo del sujeto narcisista con otro es siempre el fracaso y produce sufrimiento, ya que la entropía de la realidad lleva la pulsión de vida hacia el futuro, que siempre es un nuevo mapa, pero el sujeto narcisista desea viajar en la dirección inversa. Mientras manipula la relación con el otro hacia la reconstrucción del vínculo mítico primordial, sostiene la fantasía de que viaja del presente hacia el pasado, y en la materialización esa fantasía, donde se pone a la escucha fantasiosa del eco del sí-mismo primordial en la entrega afectiva del otro, se produce su alivio. Cuando la entrega es completa, reaparece el presente y el alivio se desvanece (este circuito remite al mecanismo de la pulsión descrito por Freud y Lacan: la repetición nunca es absoluta y está marcada por la diferencia y la imposibilidad del retorno).
En el sujeto narcisista que ha sufrido la oscilación afectiva de la madre y la contradicción esquizoafectiva durante la lactancia, este no solo es profundamente inestable, sino que la exigencia de sumisión no tiene sentido (el sujeto narcisista no tiene punto de anclaje al haber vivido una ficción como un parpadeo). Las relaciones con el otro son un campo de prueba constante (el alivio también parpadea), y el narcisismo tiende a la inestabilidad paranoide, un sismo de destrucción de lo esculpido durante el presente en la placa psíquica.
5.3. Espacio Perverso, campo de prisioneros
En general, ha sido dicho por los lacanianos que la perversión es el goce de transgredir la ley.
Aquí nosotros hablamos de alivio y no de goce, y, como se mencionó en 5.2, el alivio es transitorio y representa la pseudo-solución (provisoria) para un sufrimiento que lo precede -un colapso del flujo-. En el caso de la perversión, el sufrimiento debe ser distinguido del dolor o del padecimiento, y diremos que el sufrimiento es una forma de vulnerabilidad que precede al dolor. Por ejemplo, el sufrimiento del miedo previo a una experiencia cuyo dolor no conocemos. En algunos videos de redes sociales, vemos a un sujeto que se va a lanzar en Benji, y en los segundos antes del lanzamiento sufre un ataque de terror. Luego, tras el salto, la sensación pasa por alivio y luego incluso aparece placer. No queremos decir aquí que del alivio se suceda consecuentemente el placer; una cosa no es consecuencia de la otra.
En otro eje del tema, por la castración primera (nombre-del-padre), al formarse el sujeto del lenguaje, lo que sigue es la repetición del proceso de cincelamiento del psico-territorio y la sutura, ya no asistidas por ElElla, sino que en relación al otro (que aparece luego de la castración primera). El par cincelamiento-sutura es la manera en que se va modelando el manto, estructurándolo como una red de corredores y eventos geológicos por donde transita la pulsión hacia el devenir, y no es distinto de la práctica de la agricultura. En ese cincelar activo, que ocurre permanentemente cuando se produce el encuentro entre el yo y el otro, este es motorizado por el par deseo-falta (esto en el mito lacaniano, Deleuze instalaría una tesis más simple y obvia sin falta alguna), que brinda energía a la actividad del “movimiento de tierra” coherente y productivo (tendiente a la sublimación de la tierra).
Todo encuentro del yo y el otro implica el dolor de la transformación de la forma del manto, y el equilibrio de este encuentro —en tanto que productor de vitalidad— entrega placer. El placer está dado entonces por la mutua resonancia dirigida hacia la sublimación de la pulsión de vida (fertilización).
Cuando el intelectual siente placer en descifrar un enigma, porta dentro de sí un otro imaginario como destinatario de aquella revelación (darse-cuenta [a sí mismo]).
En una conversación del año 2008 con el Gymnosofista, lo interrogamos sobre la diferencia entre placer y dolor. Este dijo que el dolor era todo aquello que lo empujaba hacia la inmovilidad y la constricción. Era un estado de vigilancia que lo empequeñecía. El placer, en cambio, era todo aquello que lo llevaba a moverse, a danzar y a investigar nuevas posibilidades expansivas de su cuerpo. Incluso la quietud externa en el placer (meditación) era acompañada de una percepción movilizadora y expansiva de su psique y del entorno.
La falla geológica perversa sucede por una castración primera traumática, que rechaza en la psique el volver a sentir el dolor del cincelamiento del manto. Parece que dicha inscripción primera tatuada en la superficie del nuevo sujeto produjo tal sufrimiento que, en lo sucesivo, buscaría evitar de todas las formas posibles volver a ser cincelado (cierre refractivo del Trauma primero). Los tanteos iniciales de la infancia buscan activamente la manera de no volver a ser atrapados por la Ley, y por tanto, se buscaría el modo de que las siguientes inscripciones no herirían el manto. Para ello, el sujeto perverso crea una superficie virtual donde se deposita la información de la inscripción de la palabra, sin experimentar cambio psíquico. No padecerá dolor de transformación, y a cambio, no sentirá tampoco placer ni el eco del otro (es incapaz de resonar y de sublimar, no puede medir con el espejo de la experiencia el padecimiento del otro), de ahí en adelante todo vínculo es un fingimiento administrativo.
El deseo perverso queda dando vueltas en un circuito cerrado por el surco que fue cincelado en la castración primera. No habrá nuevos corredores por donde se propagará la pulsión vital fertilizando los pliegues de las superficies, de hecho el perverso perseguirá que no haya nuevos pliegues, su tectónica será similar a la de un cratón, en que solo la erosión del tiempo produce mínimas alteraciones.
El sujeto perverso debe recorrer un camino hacia el devenir que evada la relación directa entre el yo y el otro, y para esto construye un doble que, en lo esencial, produzca inscripción en la superficie virtual, y que transfiera la energía y la violencia del cincelamiento lejos de sí. Aquí la infraestructura perversa establece relaciones sintéticas que imitan la relación de mutua castración del yo y el otro, desviando por un corredor ad-hoc el dolor que le corresponde al relacionarse con otro y trasladándo todas las sensaciones al otro.
La infraestructura perversa lacaniana tiene cuatro formas de relación: dos escópicas (de la mirada) y dos invocantes (de la voz). En el presente observamos dispositivos de captura sofisticados venidos desde la IA y la tecnología de la red social.
5.3.1. Voyerismo y Exhibicionismo (perversiones escópicas)
En el cine, existe un plano denominado “ley de la mirada”, en el que el personaje dirige su mirada hacia un lugar fuera del plano. Generalmente, esa mirada va acompañada de una intención y genera suspenso. El plano siguiente es presentado al espectador de la forma en que el personaje lo ha indicado, lo que hace que la mirada del espectador —y su emoción— queden “capturadas” en la escena, con el realizador como dueño del mirar del espectador. La atención queda completamente domesticada, tanto en la forma plástica como en la sensación del espectador, quien por un momento pierde su libre albedrío y se convierte en depositario vulnerable de lo que se le transfiera.
El sujeto perverso se relaciona con el otro capturando su mirada. Cuando la mirada del otro es capturada, se le transfiere la castración que corresponde al yo del perverso. Por ejemplo, en el voyerismo, el sujeto observa acechante a una pareja en su intimidad, lo que genera una primera sensación de control sobre la intimidad ajena, una transgresión deliberada de la Ley, con el fin de ponerla a prueba (nunca romperla). Sin embargo, la acción voyerista se completa cuando el perverso provoca que la pareja lo descubra. La pareja se cubre y siente vulnerabilidad. La mirada voyerista ha “capturado” y castrado a los otros con la acción de “ser visto viendo”. El cincelamiento ha sido transferido al otro como dolor invasivo, y la experiencia escópica ha sido inscrita en la superficie virtual. El voyerista no siente placer, pero sí alivio: ha integrado sintéticamente la vulnerabilidad de la intimidad sin “padecerla”.
Foucault detecta este mecanismo perverso en la infraestructura panóptica de Bentham, en el desarrollo de las cárceles inglesas del siglo XIX. El prisionero físico se convierte en un prisionero mental completamente capturado por un dispositivo arquitectónico que permite vigilar al prisionero sin poder ser visto. El vigilante es puesto en las sombras. El prisionero ha sido notificado de que está siendo observado, y eso es suficiente para que sufra y se contraiga. En las sombras, muchas veces no hay nadie vigilando, pero la captura ha sido realizada. Esta primera tecnología de captura, consistente en “ver sin ser visto, y hacerlo saber”, es una tecnología disciplinaria que hoy llega al paroxismo con el sistema de crédito social en la infraestructura IA de China. En el sistema Chino, el pago de puntaje no es una recompensa, sino la reafirmación del castigo potencial por transgredir la Ley. Llevado al caso del voyerista inicial, este castiga la intimidad vulnerándola, por tanto, no transgrede la Ley de la intimidad sino que impone sobre esta una Ley más represiva que la corrompe, a imagen y semejanza de su Trauma.

Cuando el típico exhibicionista de cuentos va desnudo bajo una gabardina y la abre para que el otro se enfrente a su desnudez de manera sorpresiva, el acto perverso busca capturar la mirada del otro. La captura se logra si el otro siente pudor de ver y atestiguar lo ominoso de la desnudez desconocida. La mirada ha sido castrada sin sublimación, ha sido castigada. El exhibicionista siente alivio al registrar la mirada del otro e inscribirla en su superficie virtual. Al inmovilizar al otro, registra las emociones de vulnerabilidad que éste ha rehusado sentir. Es como una forma de aprendizaje en la que el dolor del aprendizaje es reemplazado por el alivio de no padecerlo en carne propia (psique propia). La sustitución del dolor por el alivio es un mecanismo de fuga del sujeto perverso, quien prevé que tarde o temprano puede ser expuesto y busca anticiparse a la castración ejecutandola (sacrifica al otro a la Ley para que esta se apacigüe [razonamiento arcaico]. El perverso lacaniano intuye que la Ley [el castigo original] es una fuerza de la naturaleza y que tarde o temprano lo alcanzará). Este mecanismo de sustitución es la teatralización en bucle del trauma de la castración primera, y podemos imaginar desde la escena lo excesivo del trauma a nivel libidinal, como si se hubiese producido un sismo o un huracán y un desmoronamiento desmesurado en las placas tectónicas cortadas por la primera división. Todas las acciones de captura son de huida y buscan anticiparse y capturar al otro, para evitar quedar atrapado en la experiencia de la castración. El perverso huye de su propia experiencia repitiéndola en el otro.
5.3.2. Sadismo y Masoquismo (la voz perversa)
En el sadismo el perverso busca poner su Voz en el cuerpo del otro, recreando al ‘padre / Gran Otro’ en ‘el-nombre-del-padre’. Su propósito es imponer su propia voz en tanto que Ley. El sádico transfiere la castración propia, inducida por el Trauma original, al otro con el fin de recrear su propia experiencia situándose a sí mismo como castrador. Este traspaso del trauma al otro es un bucle en el que el sujeto perverso pretende estabilizar su nebuloso sufrimiento suministrando su propio dolor. La estrategia es tomar el fantasiado rol del padre, y desde este lugar -aparentemente seguro- intentar mirar oblicuamente el Trauma.
La perversión sádica siempre va al encuentro directo del nombre-del-padre, ritualizando la recreación como puesta en escena. La escena entrega alivio cuando el perverso, portador de la voz de la Ley, verifica parcialmente en el otro (quien en la representación es él mismo) la producción del dolor de la inscripción de la Ley. Su percepción de la Ley siempre es elusiva y externa.
La perversión masoquista, en cambio, es una estrategia de recreación del Trauma en la que, en apariencia, se entrega el cuerpo al otro para que lo flagele. A través de la manipulación, el masoquista elige a un neurótico sumiso a la Ley y lo obliga a tomar el rol de castigador. La ‘Voz’ del masoquista demanda ser castigada. El neurótico accede con dificultad, pues está transgrediendo su propia Ley integrada. El neurótico confundido es obligado a auto-sabotearse castigando el cuerpo del perverso. Así, el capturador cincela la superficie capturada abriendo surcos y corredores que alteran el diagrama del neurótico. No hay un plan en los nuevos surcos; estos se abren de forma caótica, generando fisuras y bifurcando lechos sin planificación (la estrategia solo es de captura). El otro queda atrapado en el cuerpo del masoquista, quien, con su Voz, es quien realmente flagela. El masoquista es espectador de la castración caótica del otro en su propio cuerpo, pretendiendo recrear el Trauma inicial usando su propio cuerpo como virtualidad para inscribir el manto del otro. En este caso el cincelamiento siempre será flagelo caótico. La recreación de la experiencia Traumática en el otro se guiará por el sufrimiento del otro como pista hacia la recreación de la propia castración inicial, pero naturalmente jamás lo logrará y eso lleva al masoquista a repetir la captura una y otra vez. El paisaje psíquico del masoquista es el más caótico de todos.
En la medida en que el sujeto perverso perfecciona la captura del otro y puede observar en profundidad el exterior de la Ley, se hace adicto a esta como goce. El perverso -contrario a lo que dice Lacan- no es un transgresor de la Ley, sino que está sujeto a ella como su más puro ejecutor. Las transgresiones aparentes son formas para llevar la Ley a sus límites y retornar una versión hiperbólica censora de la posibilidad de placer. En el miedo a que la Ley se ejerza en si mismo, el perverso se posiciona como ejecutor de esta, esperando secretamente la fatalidad de que esta lo atrapará algún día.
La Voz perversa es la Voz de la represión, es el totalitarismo que buscan adherentes en la venganza (el castigo al placer) y ve enemigos en los insumisos (sujetos exentos del castigo original). Vivimos en tiempos en que los perversos han tomado por asalto la gobernanza planetaria y están dispuestos a ejercer la tortura.
Fin de la primera parte
En la segunda parte veremos porque la neurosis es una falla geológica anudada a la perversión. También propondremos el espacio emancipatorio, sus características geográficas y las cuatro posiciones de la emancipación: bajo sitio, expuesto, acechante, hacia el exilio. Seguimos